Trabajar en la prostitución
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Trabajar en la prostitución

Revista Jóvenes, 2003.

Carmen Briz

Muchas mujeres trabajan en la prostitución en nuestro país. Sin embargo, la falta de propuestas realistas por parte de las Administraciones hace que éstas ejerzan en las peores condiciones posibles. Escuchar las necesidades de las trabajadoras del sexo es fundamental para que mejoren su situación.

El abanico de posibilidades de personas que ejercen la prostitución es enorme: prostitutas que realizan su jornada laboral en función de los horarios escolares para poder cuidar de sus hijos; adictas a las drogas; inmigrantes (con o sin “papeles”); mujeres transexuales; estudiantes; amas de casa que necesitan alargar el salario familiar; chaperos; etc… Sus condiciones de trabajo también son diferentes. No es lo mismo ejercer en un club que encontrar a tus clientes en la calle. No es lo mismo trabajar en una ciudad o en otra. No es lo mismo trabajar durante el día o durante la noche.
La gran mayoría de prostitutas ejerce la prostitución como medio para subsistir. En este sentido se puede considerar que la prostitución es un trabajo. En ocasiones nos comentan que lo peor de su actividad no es tanto el enfrentarse a mantener relaciones sexuales a cambio de dinero sino el tener que sufrir el rechazo y el desprecio de una parte importante de la sociedad. Un rechazo que les condiciona y les obliga a callar. Comienzan así una doble vida. La relacionada con su familia, vecindario y amistades y la relacionada con su mundo de ingresos económicos: la prostitución.
Son bastantes las mujeres que consideran que ejercer la prostitución es la mejor opción que tienen dentro de las posibilidades que la sociedad les ofrece. No en vano vivimos en un país en donde las cifras de paro femenino son las más altas de toda la Unión Europea. Ellas son profesionales e intercambian sexo por dinero. Y como tales deberían poder trabajar en tranquilidad, sin ser molestadas por nadie; tener la posibilidad de sindicarse; de contribuir a la seguridad social; de recibir pensiones; de cobrar el desempleo; de recibir pagas extra; de disfrutar de periodos de vacaciones o de bajas maternales… como otras trabajadoras.
Evidentemente, la capacidad de decisión de la gran mayoría de la población está condicionada por el nivel económico, el cultural, el sexo al que se pertenece, por la nacionalidad, por las ofertas de trabajo que existen… son elementos que obviamente constriñen nuestras opciones, pero eso no quiere decir que no podamos optar o decidir.
Todas las personas, a pesar de sus condiciones de existencia, tienen capacidad para decidir sobre sus vidas. Las prostitutas también. Muchas mujeres decidieron ser trabajadoras del sexo. Y ese motivo es suficiente. “Ni víctimas, ni esclavas, nosotras decidimos”, fue una de las consignas más gritadas en la manifestación que realizaron el día 19 de febrero de 2002 en Madrid.
Negarles a las trabajadoras del sexo la capacidad de decisión que todas las personas tenemos significa victimizarlas y aumentar el estigma moral en el que se ven envueltas. Y la victimización y la estigmatización no ayudan a potenciar la capacidad de autodeterminación de ningún ser humano.
Indudablemente las condiciones laborales de este colectivo se verían mejoradas sustancialmente si la prostitución se considerase como un trabajo, un empleo. El reconocimiento social significa la salida automática de la marginación y, por tanto, la mejora de la calidad de vida de este colectivo de mujeres. Si nos atenemos a lo que muchas de ellas manifiestan ejercer la prostitución significa tener libertad de horarios no contar con un jefe al que rendir cuentas y el conseguir más dinero que el que podrían conseguir con otra actividad.
Por el contrario, el no reconocimiento de su actividad como un trabajo implica: la falta de derechos laborales; la inseguridad en la que muchas veces desarrollan su trabajo; la falta de credibilidad ante las instituciones cuando denuncian abusos y sobreexplotación, etc…
Aspiramos a una sociedad donde las personas no tengan que vender nada para subsistir: ni fuerza de trabajo, ni sexo, ni producción intelectual o manual… Pero, mientras se crean las condiciones para que se produzca un cambio social que posibilite una sociedad más justa y solidaria, es imprescindible trabajar por la mejora de las condiciones de trabajo en la situación actual.
En este sentido es necesario reconocer los derechos sociales, laborales y ciudadanos de las trabajadoras del sexo. Lo contrario es condenarles a la marginación y al desprecio moral de la sociedad.

mayo, 2003 |Categories: Artículos de Hetaira|