¿Qué quieren las prostitutas?
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¿Qué quieren las prostitutas?

Carmen Briz. Revista Gideas, 2004

Nicole, nuestra compañera y amiga, trabajadora del sexo en la Casa de Campo, a quien los prejuicios y la política de fronteras cerradas deportaron hace poquitos días. ;Escribía Juan José Millás que los prejuicios son como los zapatos viejos, una se acostumbra a ellos como si se tratasen de una segunda piel y el miedo a conocer a otro nuevo par de zapatos es mayor que la curiosidad por caminar apoyándonos sobre unas suelas diferentes. Lo que suele ocurrir es que el miedo nos pierde y la curiosidad pasa de largo. Pero cuando nos enfrentamos con una mirada exenta de prejuicios con la realidad de la prostitución, cuando nos limitamos a escuchar, no a juzgar, no a encontrar las respuestas que ya tenemos anotadas en nuestro cerebro sino a enfrentarnos a ideas nuevas, la cosa cambia. Y créanme el esfuerzo merece la pena.
Hace ya 9 años un grupo de mujeres, provenientes del movimiento feminista algunas y del ejercicio de la prostitución en la calle otras, decidimos poner en marcha un colectivo llamado Hetaira. En la antigua Grecia clásica, las hetairas eran mujeres que cuidaban de los templos, mantenían relaciones sexuales con hombres influyentes y tenían el privilegio del acceso a la educación, algo que les estaba completamente vedado al resto de mujeres.
Hetaira fue uno de los primeros grupos que trabajaba en la defensa de los derechos de las prostitutas. Hoy en día existen otros muchos, de características similares, que intentan realizar un trabajo diferente con estas mujeres. Un trabajo no centrado estrictamente en la pena, la lástima, la victimización, la reinserción, el maternalismo, la protección no solicitada sino basado en el respeto hacia quienes ejercen y la convicción de que las mujeres tenemos parecidos problemas y respuestas feministas para enfrentarnos a ellos.
El Tribunal de Justicia de Luxemburgo reconoce en el año 2001 el carácter de “actividad económica” de la prostitución siempre que se ejerza “por cuenta propia”, además asimila a quienes se dedican a ella a la categoría de trabajadoras autónomas. En la práctica en pocas ocasiones se considera a las prostitutas como sujetos con derechos y los discursos se escoran hacia un único sentido. Y cuando una prostituta alza su voz se la desconsidera porque “no sabe lo que dice”, “no tiene conciencia de su situación”, “no sabe que está siendo tratada como un objeto”, “desconoce que la están denigrando” y otros muchos tópicos de similares características. Suele suceder igualmente que quien defiende sus derechos es tachada de “frívola”, “inconsciente”, “un caso especial”, “una minoría” (como si las minorías no debieran tener derechos), “una viciosa del sexo”, etc… En este caso nunca reciben ningún tipo de apoyo, tan sólo el mismo desprecio que toda la sociedad ya deposita sobre ellas. Y por supuesto se les niegan sus estrategias de autodeterminación, de decisión sobre sus vidas y sobre su sexualidad.
Desde Hetaira estamos además convencidas de que en el actual vacío legal es sumamente difícil poder perseguir de una forma más contundente y rigurosa a todas las redes de explotación (sexual o laboral), algo que en los países desarrollados no debería permitirse bajo ningún concepto. Nos preguntamos cómo es posible que no haya políticas claras y estrictas que detengan este tipo de situaciones. En esa medida exigimos un control estricto y una persecución contundente de quienes explotan a otras personas y abusan de ellas sin su consentimiento.
Pero este celo por no permitir situaciones de esclavitud no debe convertirse en una excusa para las generalizaciones. Y la realidad nos dice que hay mujeres que decidieron ejercer la prostitución a la vista de la falta de oportunidades que encontraron para trabajar en otras cosas. Es importante no olvidar que España sigue siendo uno de los países europeos con mayor tasa de desempleo femenino. Además los cupos de trabajo para las inmigrantes, tengan la formación que tengan, se limitan casi en exclusividad para realizar faenas de servicio doméstico, otra profesión absolutamente feminizada y aún sin regularizar, con horarios imposibles de cumplir, salarios sangrantes y contratos inexistentes.
También exigimos a las autoridades la puesta en marcha de servicios sociales reales para quienes decidan abandonar

-por los motivos que sean- la prostitución. Servicios que permitan a estas mujeres vivir mejor no falsa caridad, como la que intenta ofrecer hoy día el Ayuntamiento de Madrid a quienes deciden retirarse (1). Las instituciones deberían trabajar para expulsar los comportamientos intolerantes de nuestras sociedades, para conseguir la aceptación de todas y cada una de sus ciudadanas, pero el caso omiso que suelen hacer de las prostitutas (tanto si se trata de una sola como de todo un colectivo organizado) dejan hoy día bastante que desear. Y normalmente no se les ocurre dirigirse a ellas para estudiar su situación; para elaborar informes e investigaciones; para conocer sus necesidades reales… De momento en muchos municipios están más preocupados por barrer la calle, como eufemísticamente le denominan. para quien decidan seguir ofreciendo sexo a cambio de dinero es imprescindible que se reconozca su actividad, así podrían hablar y ser escuchadas, sindicarse, asociarse, reivindicar sus derechos, contar con un trabajo que les de estabilidad y tranquilidad, comprarse una vivienda… y recuperar la autoestima perdida, porque al fin y al cabo somos lo que los demás ven en nosotras y muchas mujeres acaban interiorizando el estigma, el desprecio. Podrían recuperar así su vida, ahora fragmentada entre lo público y lo que no se debe contar y lo privado y lo que sí puede ser contado. De alguna manera se amortiguaría su soledad y estarían dispuestas a “dar la cara”. Su camino de lucha, de visibilidad, no sería muy diferente al que han tenido que recorrer los colectivos homosexuales, por ejemplo.

Jóvenes e inmigrantes

Las jóvenes europeas suelen viajar a otros países para aprender o mejorar un nuevo idioma, trabajar en otra cultura diferente, estudiar, vivir nuevas experiencias. A veces para conseguirlo tienen que agarrarse a empleos basuras pero sin embargo se les supone espíritu aventurero, deseos de aprender de otras culturas, de ganar dinero… Sin embargo nunca se ve así si quien emigra lo hace desde un país del Tercer Mundo hasta nuestro país. Las mujeres emigran porque quieren cambiar de vida, porque no les gusta la que llevan, porque no encuentran un trabajo que les permita vivir en buenas condiciones, porque quieren dejar atrás una relación sentimental que no les satisface del todo, porque desean viajar o vivir en otro país diferente al suyo, porque quieren ganar dinero. Normalmente suelen ser atrevidas e inteligentes, son “las más lanzadas” de la casa. Sin embargo se insiste en decir de ellas que fueron “engañadas” (siempre se les supone tontas), “coaccionadas” (siempre víctimas), “empujadas” contra su voluntad. Además les cuentan una milonga sobre dónde y cómo van a trabajar y se lo creen a pies juntillas. Luego, aquí se les presenta otra realidad.
No se suele contar que muchas mujeres ya ejercían en sus países de origen, que desean despegarse de sus familias buscando más libertad (libertad sexual también), que no quieren casarse jóvenes como mandan sus tradiciones o desean estudiar y formarse o son lesbianas y prefieren huir… Además son responsables y generosas y quieren ganar dinero para sí mismas y para enviar a sus familias. Para emprender el viaje cuentan con ahorros familiares o propios, con el préstamo de amigos y conocidos, o con los prestamistas que les cobrarán intereses desorbitados, pero aceptados por ellas, un abuso más consecuencia de las estrictas leyes de extranjería europeas. En nuestro país cientos de mujeres son condenadas al ostracismo, a las huidas y a las deportaciones porque no pueden demostrar que se ganan la vida con su cuerpo, que tienen un empleo, que se mantienen así mismas, que no son delincuentes, que nadie las obligó a ejercer….
Pienso que pasados unos años sentiremos auténtica vergüenza de haber paseado por las mismas calles que centenares de personas que conviven día a día con el miedo, el pánico a ser deportados. ¿Ciencia ficción? ¿nos creerán nuestros hijos y nietos cuando les contemos lo que viven todas estas personas mientras nuestros niveles de consumo no dejan de crecer? Podemos hacer algo o podemos continuar esperando tranquilamente desde nuestras casas. Podemos implicarnos o podemos “dejarlo” pasar. Podemos hacer un esfuerzo y ponernos en su piel, un esfuerzo más y escuchar sus voces, un esfuerzo más y solidarizarnos con ellas.

(1) Se les ofrecen 300 euros mensuales, como si cualquiera pudiera permitirse el lujo de vivir dignamente con esa ridícula cantidad en una ciudad como Madrid.

junio, 2004 |Categories: Artículos de Hetaira|