Derechos laborales para las trabajadoras del sexo
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Derechos laborales para las trabajadoras del sexo

Cristina Garaizabal, Mugak, nº 23

Hetaira es una palabra griega utilizada para nombrar a las prostitutas. En la Antigua Grecia, las hetairas gozaban de una gran consideración social llegando incluso, algunas de ellas, a casarse con altos dirigentes de la polis.
Nuestra HETAIRA es un Colectivo para la defensa de los derechos de las prostitutas formado básicamente por mujeres (aunque no excluimos la participación de hombres). Entre las mujeres de HETAIRA, unas ejercen la prostitución y otras, otro tipo de trabajos, pero todas dedicamos nuestras energías al Colectivo de manera voluntaria, sin salario.
Nuestra sede social está ubicada en el centro de Madrid, en la calle Desengaño, en plena zona de ejercicio de la prostitución callejera. Allí tenemos un local en el que ofrecemos a las prostitutas asesoramiento, ayuda y un lugar de encuentro para verse, descansar un poquito mientras trabajan o para poderse reunir, cuando lo necesitan.
Una parte muy importante de las mujeres que fundamos HETAIRA venimos del movimiento feminista. En aquellos años (finales de la década de los 80), nuestras posiciones sobre la prostitución y las propias prostitutas eran las que mayoritariamente se daban en el feminismo de nuestro país: abolicionistas frente a la prostitución, considerándola toda coactiva y forzada y, redentoras con las prostitutas, a las que había que ayudar a salir de aquel mundo para que pudieran reinsertarse. Así, el tema de la prostitución lo abordábamos dentro de la lucha contra la violencia machista. Hoy, aunque seguimos constatando que muchas prostitutas –al igual que otras muchas mujeres- sufren violencia machista, hemos tenido que reformular cómo definimos esta violencia y qué instrumentos son los mejores para combatirla.
Aquellos meses fueron inolvidables. Nuestro contacto personal con ellas y los espacios que se nos fueron abriendo de su mano nos obligaron a revisar nuestro mundo ideológico y las posiciones que teníamos, no sólo sobre la prostitución sino sobre una variedad de asuntos relacionados con todo ello, especialmente los relacionados con la sexualidad.

Nuestros planteamientos teóricos

Los planteamientos que subyacen a nuestro trabajo feminista tienen que ver con las polémicas que se han dado sobre este tema dentro del feminismo. Creo que todas partimos de una preocupación común: luchar contra la situación discriminatoria que sufren las mujeres que ejercen la prostitución, en la perspectiva de incorporar esta problemática a las preocupaciones feministas y crear así un movimiento fuerte. Ahora bien en la forma de abordar el tema se han ido consolidando dos posiciones que, en estos momentos, difieren en aspectos fundamentales. Voy a centrarme en explicar la posición de la que parte Hetaira.
Para nosotras la prostitución es una institución patriarcal, al igual que también lo es el matrimonio. Instituciones ambas que tienen como función simbólica principal el control social de la sexualidad femenina así como seguir manteniendo la situación de dependencia y subordinación de las mujeres. Ahora bien, una cosa es hablar de la función simbólica de la prostitución como institución y otra muy diferente derivar de ello que hay que acabar con ella y para ello es necesario reinsertar a todas las prostitutas, independientemente de su voluntad. En primer lugar porque, mal que nos pese, por mucho que queramos abolirla de un plumazo o por “real decreto” esto no es posible. Experiencias como la de la URSS post-revolucionaria aboliendo la familia nos demuestran lo pernicioso de esas políticas que imponen por decreto medidas determinadas por muy positivas que puedan parecernos. Pero además, porque confundir nuestros ideales con la realidad y legislar en función de los primeros, sin tener en cuenta la situación concreta puede llevar a males mayores como a lo largo de la exposición intentaré explicar.
Se podría argumentar que la prostitución y, fundamentalmente el hecho de que la mayoría de trabajadoras son mujeres mientras que la mayoría de clientes son hombres, nos habla de que la prostitución es una consecuencia de la situación de subordinación social y laboral de las mujeres en nuestras sociedades. Pero si nos quedamos en este análisis superficial veremos a las prostitutas como las que colaboran y refuerzan el patriarcado o como las víctimas por excelencia de él. Esta perspectiva nos impide ver las estrategias de sobrevivencia que las mujeres ponen en marcha, estrategias que les proporciona mayores ingresos y mayor independencia económica que la que alcanzaría en otros sectores laborales, en sociedades donde las mujeres ocupan los puestos de trabajo peor remunerados y más informales del mercado laboral.
Para nosotras la existencia de la prostitución tiene que ver no sólo con los rasgos patriarcales de la sociedad sino también con la pobreza, con las desigualdades económicas entre los países del norte y los del sur, con las sociedades mercantiles, etc.
Concebimos a las prostitutas con toda su dignidad y con capacidad para decidir sobre sí mismas y sobre sus condiciones de vida, aunque a veces lo tengan difícil. Son mujeres que intentan vivir en un mundo lleno de desigualdades de todo tipo (económicas, de género, étnicas, culturales, religiosas,…) buscando, dentro de las situaciones concretas que les han tocado vivir, cómo mejorar sus condiciones de existencia.

La prostitución: una realidad muy diversa

La prostitución no es un todo homogéneo. Existen formas diferentes de ejercer la prostitución y de vivirla. La clase social, el nivel cultural, la edad, la apariencia física, la nacionalidad, el origen étnico, el género (porque no todas las personas que ejercen la prostitución son mujeres, también lo hacen los hombres y las mujeres transexuales) y otros muchos factores influyen en cómo se ejerce la prostitución e incluso en cómo considera la sociedad a quien la ejerce.
En general, prostituirse está considerado socialmente como algo indigno porque la sexualidad sigue sacralizada y magnificada en nuestras sociedades y, a pesar de que quien más quien menos vende algo para poder subsistir (por ejemplo: su capacidad de trabajo, sus conocimientos, etc.), vender sexo se considera lo peor de lo peor, la mayor de las indignidades. Pero también está claro que se considera peor que sea una mujer quien lo haga (incluso a un hombre que vende actos sexuales en el marco de la heterosexualidad no se le llama “prostituto” sino que existen otros eufemismos, menos insultantes, para nombrarlo, por ejemplo “gigoló”), tampoco se considera igual al hombre que se prostituye en el marco de la heterosexualidad que a quien lo hace en el de las relaciones homosexuales. Ni es igual ejercer la prostitución ocasionalmente (amas de casa que alargan el sueldo, estudiantes…) o hacer de ella el modo de supervivencia exclusivo. Así mismo, la clase social influye en los niveles de estigma o discriminación que sufren las prostitutas, no es lo mismo trabajar en La Ballesta que hacerlo para un sector más poderoso económicamente, no digamos ya si de lo que se trata es de hablar de las altas esferas sociales y de los eufemismos que existen para hablar de las prostitutas de alto standing (azafatas, señoritas de compañía, etc.).
Además, la doble moral existente hace que se estigmatice más a aquellas prostitutas que se dejan ver (prostitución callejera) ya que resultan especialmente molestas al no permitir que la sociedad ignore su existencia. En estos casos al estigma por ejercer la prostitución se le suma frecuentemente la marginación y la exclusión. Obligadas a vivir y a ejercer en barrios conflictivos, degradados, donde se acumulan diferentes problemáticas y sectores marginados y dónde las prostitutas se convierten frecuentemente en los “chivos expiatorios” sobre los que recaen frustraciones sociales más amplias y que nada tienen que ver con ellas.
Con todo esto lo que quiero resaltar es que existen situaciones muy diferentes en el ejercicio de la prostitución y que estas diferencias conllevan problemáticas y vivencias muy diversas para quien ejerce. Por lo tanto, es imprescindible que la intervención social y las propuestas políticas que se elaboren para paliar algunos de los problemas que hoy padecen las prostitutas tengan en cuenta esta diversidad y no se generalice sobre la base de estudios parciales o se hable de sus problemas partiendo de casos particulares o de sectores específicos de prostitutas como si se tratara de un colectivo homogéneo.
Un último aspecto de esta diversidad es cómo viven el estigma social, cómo responden a la consideración que recae sobre quién ejerce la prostitución. Desde mi punto de vista estas vivencias están condicionadas tanto por los factores antes mencionados como por factores de tipo individual, entre los que destacaría las propias vivencias ante la sexualidad. Así, nos encontramos con prostitutas que consideran el ejercicio de la prostitución como algo terrible y angustioso, como un mal menor al que no queda más remedio que adaptarse para sobrevivir. Pero también existen otras que la ejercen de manera consciente y voluntaria, escogiendo quedarse en ella porque consideran que dentro de las oportunidades que tienen en esta sociedad, la prostitución es la menos mala o la más lucrativa.
Dentro de esta diversidad merece un apartado especial la situación de las trabajadoras sexuales inmigrantes, pues frecuentemente son mayoritarias entre las mujeres que ejercen su trabajo en la calle y presentan formas de exclusión particulares que vienen dadas por la intersección de tres categorías: son mujeres (con las dificultades que eso tiene a la hora de buscar un puesto de trabajo en nuestro país, dado que la mayoría de trabajos que se ofertan son para hombres), son inmigrantes (sufren las discriminaciones y restricciones de derechos ciudadanos que favorece la Ley de extranjería) y ejercen el trabajo sexual (con la arbitrariedad, alegalidad y falta de reconocimiento que este trabajo tiene).

Prostitución e inmigración

Existe el tráfico internacional de personas, fundamentalmente mujeres, destinado a mantenerlas en situaciones asimilables a la esclavitud: personas que ni siquiera tienen la oportunidad de abandonar su lugar de trabajo o residencia, aunque sea para mendigar, para buscarse la vida en la calle, aún a riesgo de morir, pero en libertad. Este tráfico está dirigido a un mercado de trabajo clandestino que abarca todo tipo de actividades. Y no deje de ser preocupante que cuando se habla de ello sólo se piense en el que va dirigido a la prostitución.
Existen mafias que obligan a mujeres, niños y niñas a prostituirse, en régimen de esclavitud. Las fuerzan y obligan a trabajar bajo amenazas y chantajes, las mantienen encerradas, sacándolas sólo para prostituirse bajo una estrecha vigilancia, las maltratan si no hacen lo que se les ordena, no tienen libertad para moverse ni para escoger la clientela o los actos sexuales que venden… Su situación la podemos comparar con la de los esclavos. Y, no nos engañemos, en el mantenimiento de esta realidad tan dramática e injusta están implicados gobiernos, instituciones públicas y gente poderosa.
Esta realidad es intolerable y debe ser perseguida con muchos más medios y más ahínco de los que se emplean en la actualidad. Es fundamental desenmascarar a los verdaderos culpables, no basta con penalizar a clientes y proxenetas de poca monta. Si este tráfico de mujeres, niños y niñas se da y crece cada día es porque existen poderosos intereses económicos y políticos que lo permiten y facilitan.
También en los últimos años estamos asistiendo a un aumento considerable de la inmigración a nuestro país. Los inmigrantes en nuestro país se han convertido en mano de obra barata y sobreexplotada. Entre las posibilidades de trabajo que la gente inmigrante encuentra en nuestro país está, también, la prostitución. Las personas que vienen a trabajar en la industria del sexo son diversas y aunque fundamentalmente sean mujeres -transexuales algunas-, también vienen hombres y son personas de toda clase, de diferentes edades, niveles culturales, etnias, países, costumbres… La mayoría de ellas saben a lo que vienen aunque no tengan muy claras las condiciones en las que van a desarrollar su trabajo ni cómo van a vivir aquí. Pero sólo una minoría viene engañada.
Una pequeña parte de este flujo migratorio entra en nuestro país en condiciones de legalidad. Dadas las condiciones restrictivas que impone la Ley de Extranjería para regular la entrada y el acceso a la ciudadanía de las personas extranjeras (especialmente de aquellas que vienen de los países del llamado tercer mundo) la mayoría de inmigrantes entran en el país de manera ilegal, intentando burlar los obstáculos de todo tipo que ponen los gobiernos europeos, incluido el español, a la inmigración.
Ante esta situación parece evidente que, la mayoría de las veces, no van a conseguir entrar de manera individual sino que tienen que recurrir a otros para conseguirlo. En ocasiones son familiares que ya están aquí los que les facilitan el viaje; en otros casos, de manera excepcional, es gente solidaria que les ayuda desinteresadamente. Pero la mayoría de las veces recurren a gentes que lo hacen a cambio de dinero.
Es la ley de la oferta y de la demanda, sagrada en las sociedades capitalistas, la que posibilita que esto se dé. Con frecuencia las cantidades que pagan por entrar aquí son abusivas y les endeudan durante una larga temporada. Son muchos los que se aprovechan de esta situación.
Pero, a no ser que consideremos mafiosos a banqueros, patronos, mercaderes y tanta gente que se aprovecha de las necesidades de las personas para acumular dinero, es conveniente distinguir entre lo que son las redes que posibilitan la entrada ilegal de emigrantes de lo que son las mafias. El término mafia se refiere a aquellas estructuras organizadas que extorsionan a las personas, mediante chantaje, coacción y violencia, para obligarles a hacer algo en contra de su voluntad. Y esto, aunque se da en algunos casos, no puede hacerse extensible a la forma como mayoritariamente entran los inmigrantes en nuestro país.

La prostitución no es sinónimo de esclavitud sexual

Cuando se habla de tráfico de mujeres, niños y niñas se habla fundamentalmente de aquellas mujeres que llegan aquí para ejercer la prostitución, sin diferenciar entre quien viene por decisión propia a ello y quién ha venido engañada y chantajeada. Así mismo, tampoco se especifica al tratar este tema las diferentes condiciones en las que se puede ejercer la prostitución o trabajar en la industria del sexo. De manera que la mayoría de las veces se habla indistintamente tanto de tráfico de mujeres como de la esclavitud sexual, presuponiendo que todas las inmigrantes han sido traídas aquí, de manera engañada, para trabajar como prostitutas en unas condiciones de esclavitud.
Por el contrario, la mayoría de mujeres inmigrantes que vemos ejerciendo la prostitución callejera o las que lo hacen en muchos locales que hay en las ciudades, presentan una realidad muy diferente. Han venido, en la mayoría de los casos, sabiendo a lo que venían, a través de redes que les han facilitado el viaje y la entrada, aunque hayan tenido que pagar cantidades desorbitadas por ello. Ejercen la prostitución como forma de sobrevivencia económica. Ellas lo consideran un trabajo, una actividad que les da un dinero para vivir aquí e incluso para enviar una parte a su país. En la mayoría de los casos, es un modo de vivir duro, que cuesta esfuerzo y supone, demasiadas veces, aguantar penalidades varias.
Pero, a pesar de estos sufrimientos, muchas prefieren seguir ejerciendo la prostitución a trabajar en otra actividad y no digamos ya a volver a su país. Entre otros motivos porque saben que, tal y como está la situación económica y el mercado laboral especialmente para las mujeres, las posibilidades de encontrar otro trabajo no son muchas. Incluso, al no tener muchas de ellas legalizada su situación aquí, no les parece que corran más riesgos en la prostitución (dada la alegalidad que la rodea) que en cualquier otro trabajo.
La mayoría decide dedicarse a la prostitución (o a la industria del sexo) porque ganan más y no tienen que estar aguantando a nadie que les diga lo que tienen que hacer. La prostitución les permite una independencia económica y una libertad de la que no gozarían con los otros trabajos a los que podrían acceder en su situación.
Obviamente, esta decisión está condicionada, como todas las decisiones que los seres humanos tomamos en la vida, por múltiples factores sociales, culturales y personales. No voy a entrar aquí en juzgar ni tan siquiera nombrar las múltiples motivaciones que pueden llevar a alguien a prostituirse. Creo que éstas son muy variadas y ciertamente las fundamentales son de orden económico, de supervivencia. Pero incluso creemos que dentro de las diferentes formas de trabajar en el comercio sexual (prostitución de calle o en lugares cerrados, sex-shops, saunas, industria pornográfica….) no es cierto que siempre las inmigrantes estén en el escalón más bajo. Por el contrario, se mueven a todos los niveles y el comercio sexual les ofrece distintas oportunidades que de otra forma no tendrían, ya que muchas de ellas gozan de un nivel cultural alto, como demuestran algunos estudios sobre la industria del sexo (Laura Agustin).
Por mucho que nos parezca un trabajo bastante duro, poco gratificante e incluso terrible para muchas personas, sobre todo mujeres, creemos que es necesario respetar la decisión de quien no desea abandonar la prostitución. Si dejamos de lado las valoraciones morales que cada cual tenga sobre la sexualidad y el sexo, nos podemos dar cuenta de que hay muchos trabajos míseros y que causan daños irreparables en la salud (minería, por ejemplo) sin que dejemos por ello de plantearnos la necesidad de que se realicen en las mejores condiciones posible, mientras no sea posible acabar con ellos. Y desde luego a nadie se le ocurre pensar en que se decrete su abolición y que las personas que trabajan en ellos deban ser reinsertadas socialmente.
Para nosotras no es conveniente hablar de prostitución como sinónimo de esclavitud sexual. Si no tenemos en cuenta las decisiones que toman las prostitutas, si las victimizamos pensando que siempre ejercen de manera obligada y forzada; si consideramos que son personas sin capacidad de decisión… todo ello implica no romper con la idea patriarcal de que las mujeres somos seres débiles e indefensos, necesitados de protección y tutelaje. Además, la experiencia demuestra que la puesta en práctica de políticas abolicionistas profundiza el abismo entre las prostitutas y el resto de la sociedad aumentando el estigma, la exclusión y la marginación social que muchas padecen.
Desde una perspectiva feminista creemos que no se trata tanto de discutir sobre porcentajes de prostitutas que ejercen de una u otra manera. De lo que se trata es de dotarnos de un marco teórico que nos permita hacer análisis que sirvan para el empoderamiento de las prostitutas, para que éstas se sientan cada vez más como sujetos de su propia vida y con derecho a mejorar las condiciones en las que se desarrolla su trabajo.

Diversas posibilidades legislativas sobre la prostitución

Por lo que nosotras conocemos por nuestra pertenencia a la Red Internacional de Defensa de los Derechos de las Prostitutas existen diferentes políticas estatales en relación a la prostitución. En general, en los países donde se ha reglamentado la prostitución esto se ha hecho sin contar con las trabajadoras y no desde el punto de vista de defensa de sus derechos sino más preocupados por: la participación del Estado en las ganancias económicas que esta actividad genera (impuestos especiales); la salud pública y en particular la de los clientes(controles sanitarios obligatorios); los problemas de orden público (leyes de zonas que establecen las zonas de tolerancia y los límites); el control de la población (registros obligatorios para prostitutas para poder trabajar).
Las diferentes formas de legislar la prostitución son: abolicionismo, prohibicionismo y reglamentación.
Abolicionismo No se castiga el ejercicio de la prostitución pero sí se criminaliza todo lo que las rodea, con lo cual la trabajadora del sexo no puede trabajar y se empeoran notablemente sus condiciones de trabajo. Ejem. Suecia. Suele ser la filosofía que acompaña las medidas prohibicionistas.
Prohibicionismo (EEUU, Canadá, Tailandia, Inglaterra, Francia…) No es ilegal ser prostituta pero está prohibido todo lo necesario para trabajar como tal. Corrupción, super-explotación, no se pueden asociar ni juntar las prostitutas.
Reglamentación (Ecuador, Alemania, Austria, Suiza…) No ponen la prostitución bajo los códigos mercantiles sino bajo el código penal y controlada por la policía estatal. Los problemas principales son: dificultad para organizarse por el control y estigmatización que implican los registros obligatorios, la ilegalidad de aquellas que no se someten a las normativas legales, los impuestos especiales, los controles sanitarios obligatorios, la falta de reconocimiento de los derechos de las prostitutas que trabajan en locales que dependen de otros, recorte del derecho a moverse y trabajar dónde decidan.
Tolerancia o Despenalización (nuestro país…) El problema fundamental es la falta de reconocimiento y de derechos de las trabajadoras del sexo. Se toleran los locales de prostitución pero al no ser reconocidos, las trabajadoras no pueden exigir nada sobre las condiciones de trabajo ni sobre los beneficios sociales que tienen el resto de trabajadores. La despenalización también puede ser utilizada para crear normativas municipales que controlen y discriminen especialmente a las inmigrantes.

Algunos problemas de la Ley de Extranjería que afectan a las trabajadoras del sexo inmigrantes

• Existe una directriz europea para penalizar más severamente la trata de personas, especialmente aquella que se hace con fines de explotación sexual. ACSUR lo recoge en su informe que debido a esta directriz se modificó nuestro C.P. para penalizar más severamente la trata de personas con fines de explotación sexual.
• Las personas que no tienen papeles no tienen tampoco derechos constitucionales como el de reunión, manifestación, etc…Esto nos afecta directamente en la auto-organización
• Los permisos de residencia están en función de tener trabajo en sectores en los que falte mano de obra autóctona. La prostitución no se considera un trabajo y el prejuicio de que todas vienen engañadas por las mafias no favorece esta consideración en el caso de las inmigrantes. La reivindicación de ANELA está bien pero deja fuera a las que no tienen empleador. En el caso de los trabajadores autónomos hay que demostrar que se tienen recursos económicos o dinero para montar lo que sea.
• Si no se tienen papeles, 10 días para irte voluntariamente o expulsión forzada con penas de 10 años sin poder volver.
• Todo lo relacionado con la inmigración depende directamente del Ministerio del Interior, a través de registros especiales de inmigrantes donde consta todo. Esto repercute especialmente en las que trabajan en la prostitución pues implica una doble estigmatización.
• Se puede denegar un permiso, por parte de Interior, sin necesidad de aducir los motivos. En el caso de las trabajadoras del sexo las arbitrariedades, moralinas y chantajes pueden darse mucho más que con otro sector de inmigrantes.
Por otro lado, existe una sentencia del Tribunal Europeo en la que se reconoce:
• El derecho de seis ciudadanas polacas y checas a establecerse en la UE para ejercer la “prostitución como actividad económica por cuenta propia” en Amsterdam.
• La Prostitución como actividad económica, susceptible de ser prestada por personas autónomas” los únicos requisitos:
• No tener vinculo de subordinación
• Trabajar bajo responsabilidad propia
• Remuneración que la reciben íntegramente ellas
• Aunque algunos estados se manifestaron en contra por “inmoralidad pública de la profesión”, el Tribunal Europeo concluye que la prostitución es legal en casi todos los países y que no se puede mezclar la moralidad y la legalidad

Nuestras propuestas

Creemos que una de las mayores violencias que se ejercen contra las prostitutas es la criminalización que se hace de ellas y del entorno en el que desarrollan su actividad, no reconociéndola como un trabajo y negándoles sus derechos, tanto como trabajadoras como ciudadanas. Nos parece un derecho humano fundamental reconocer, en el caso de las prostitutas, “el derecho a tomar decisiones económicas en un clima libre de criminalización y de control social de la sexualidad”
Las propuestas institucionales que se barajan en la actualidad no tienen en cuenta los intereses y los derechos de las trabajadoras del sexo. Por el contrario son propuestas encaminadas a controlar la prostitución desde el punto de vista del orden público y defienden los intereses empresariales.
Para Hetaira cualquier política que se desarrolle de cara a la prostitución debe contar con la voz de las prostitutas. Una voz que no es única sino múltiple porque diversas son las realidades en las que ésta se ejerce. Cualquier medida que se tome en este sentido debe contar con el apoyo de un sector mayoritario de prostitutas.
Partimos también de la importancia de que se sigan desarrollando e incluso aumentando todas aquellas medidas sociales que faciliten que quién quiera abandonar la prostitución pueda hacerlo accediendo a un empleo que les garantice vivir autónomamente y no de la beneficencia como ocurre frecuentemente.
Pero nos parece imprescindible descriminalizar totalmente la prostitución y reglamentar las relaciones con terceras partes de acuerdo con los códigos de comercio ordinarios, incluyéndose cláusulas especiales para impedir que se abuse de las prostitutas y se las estigmatice. En este sentido se debería reconocer en los códigos comerciales la prostitución como trabajo teniendo en cuenta, como mínimo, dos variables: autónoma (aquellas que trabajan por cuenta propia en solitario en la calle o agrupándose con otras prostitutas en pisos compartidos) y asalariada (aquellas que trabajan en bares, clubs, saunas, etc), aunque dentro de ésta segunda variable existe quien trabaja con sueldos fijos o a porcentajes.
Pero en última instancia la forma concreta de reconocimiento legal debe contar con sus opiniones y debe tener siempre presente la defensa de sus intereses pues son ellas la parte más desfavorecida de este trabajo.
Según la experiencia de otros Estados que han desarrollado políticas concretas sobre la prostitución lo que sí podemos decir es que hay algunas formas de reglamentación de la prostitución que no tienen en cuenta los intereses de las prostitutas y que implican una mayor discriminación de éstas.
Así, consideramos que no es justo que se creen impuestos especiales tanto para las trabajadoras como para los empresarios que se dedican a esta actividad. Los impuestos deben ser equiparables a los de otros sectores laborales que se desarrollan en condiciones sociales similares teniendo en cuenta las diferencias económicas que se dan dentro de la prostitución según dónde y cómo se ejerza ésta. Gravar más la prostitución que otras actividades similares conlleva a que el Estado se convierta en un nuevo proxeneta de las prostitutas.
Tampoco nos parece adecuado establecer controles sanitarios obligatorios para las prostitutas como forma de prevenir el SIDA y las enfermedades de transmisión sexual. Primero, porque no sirven para nada. Se ha demostrado ampliamente que esta medida para lo único que sirve es para que los clientes se queden tranquilos y se nieguen rotundamente a utilizar preservativos. Con lo que, si la prostituta es infectada por un cliente (cosa bastante más frecuente de lo que se cree) transmitirá el virus a todos aquellos con los que tenga relaciones hasta el siguiente control, con lo que la expansión del virus está garantizada. Hoy está más que demostrado que no existen grupos de riesgo sino prácticas de riesgo y prevenir esas prácticas es la única forma eficaz de frenar la expansión del virus. Pero además, obligar a las prostitutas a controles sanitarios es considerarlas grupo de riesgo y estigmatizarlas más de lo que ya están. Y eso además de moralmente cuestionable es totalmente ineficaz pues redunda en el mito de que son las prostitutas las que contagian y no los clientes, mito que además de falso, reafirma la actitud de irresponsabilidad ante este tema por parte de muchos hombres que hacen del no ponerse el preservativo una cuestión de masculinidad y de vigor sexual.
A la luz de la experiencia de otros países, otro aspecto que a nosotras nos parece importante es que lo que se legisle sobre la prostitución se de en el marco de las relaciones comerciales (código mercantil, laboral…) y no en el código penal. Para nosotras el actual Código Penal es un instrumento más que suficiente para defender a las trabajadoras del sexo de los abusos y las agresiones. Así:
* Quien obliga a otra persona a prostituirse ya está considerado delito en él
* Ante los abusos o agresiones físicas, psíquicas o sexuales ya existen, también el C.P., artículos que permiten su denuncia y castigo.
* Para los abusos económicos y las malas situaciones de trabajo son necesarias leyes laborales que defiendan los derechos de las trabajadoras.
Incluso, nos parece cuestionable la reforma que se hizo del C.P., a poco de ser aprobado éste, en el que se introducía en el artículo 180 un supuesto dedicado explícitamente a castigar el proxenetismo, definiendo éste como “quien determine a alguien a ejercer la prostitución abusando de una situación de necesidad”. Desde nuestro punto de vista esta fórmula es excesivamente general e inconcreta de manera que da pie a todo tipo de interpretaciones.
Por lo que nosotras hemos podido constatar, la mayoría de prostitutas no están de acuerdo con penalizar el proxenetismo. Entre otras razones porque la figura del proxeneta se define legalmente por el aprovechamiento económico de la prostitución de otra persona, sin tener en cuenta la opinión de ésta. Pero, además, porque bajo esta figura se esconden realidades muy diferentes: los compañeros sentimentales que pueden estar en paro, los hijos que estudian gracias al dinero que la madre saca con la prostitución, la otra prostituta vieja que cuida de los hijos pequeños y recibe un dinero por ello, los que venden café o tabaco a las que se mueren de frío ejerciendo en la calle, los empresarios y dueños de bares, saunas o clubs y obviamente las redes clandestinas de prostitución forzada.
Además, hay que tener en cuenta que cuando media una relación afectiva en la que las dependencias y el miedo a la soledad lleva a muchas mujeres a transigir o aguantar cosas que visto desde fuera nos parecen excesivas y en ocasiones inaceptables, si no hay violencia la solución, desde nuestro punto de vista, no pasa por meter en la cárcel al marido o compañero. Siempre hemos defendido que, en esos casos, es necesaria la autoafirmación de las mujeres para que no aguanten lo que consideran que no deben aguantar. Y creemos que ese baremo es válido para todas las mujeres, las prostitutas y las que no se dedican a la prostitución. Tratar a estos compañeros sentimentales como proxenetas implica ponérselo más difícil y exigirles más a ellas que al resto de las mujeres, cuando precisamente las prostitutas, por el trabajo que realizan y por el estigma social que sufren sienten más la soledad afectiva y tienen más dificultades para establecer relaciones amorosas satisfactorias.
También nos parece fundamental que el reconocimiento de la prostitución no implique un recorte a la libertad de movimiento y de opciones que se dan dentro de ésta. En este sentido nos oponemos a los registros obligatorios controlados por la policía o el Ministerio del Interior. Y tampoco nos parece una solución que se legalice la prostitución regulando como debe ser ejercida (lugares, zonas, horarios, etc.) y se criminalice a todas aquellas trabajadoras del sexo que no quieran o no puedan ejercer en esas condiciones. Es cierto que existen muchas prostitutas que prefieren trabajar en lugares cerrados porque así se sienten más seguras. Pero otras, prefieren captar la clientela en la calle, pues aunque implique mayores riesgos también suele implicar mayor libertad en el ejercicio, dado que los lugares cerrados están llevados por los dueños que son los que imponen las condiciones de trabajo. Generalizar y obligar a que toda la prostitución se desarrolle en lugares cerrados implica aumentar las discriminaciones de aquellas prostitutas mayores o con una apariencia física determinada que no se corresponde con lo que se “lleva” en cada momento.
Somos conscientes de que el ejercicio de la prostitución en la calle es lo que plantea más problemas y que muchos de los conflictos que se han dado en los últimos tiempos han sido, precisamente, contra la prostitución en la calle (ejemplo Montera), planteándose incluso, por parte de la asociación de vecinos, la regulación en locales cerrados. De nuestra experiencia en la resolución de conflictos entre vecindario y prostitutas en zonas de Madrid como Méndez Álvaro, La Casa de Campo o la calle Montera, sabemos que la defensa y puesta en práctica de esto que decimos no está exento de conflicto y no somos partidarias de que las prostitutas, ni nadie, haga lo que le dé la gana sin tener en cuenta a nadie ni a nada. Como antes decía los espacios públicos son de todos los ciudadanos y su utilización no está exenta de conflictos (por ejemplo, el botellón en Madrid). Pero estamos plenamente convencidas de que los Ayuntamientos no son los únicos que tienen la facultad de establecer cómo se utilizan éstos. Por el contrario, creemos que el espacio público debe ser negociado por los diferentes agentes sociales en pie de igualdad y no se puede partir siempre de que son las prostitutas (o los jóvenes, en el caso del botellón) las que deben plegarse a la voluntad del resto y cambiar de lugar de trabajo.
Por último, en cuanto a la regulación de las relaciones laborales cuando el trabajo sexual se ejerce interviniendo terceros, bien en régimen asalariado, bien por porcentajes, creemos que, por las particularidades del trabajo, es imprescindible contemplar una serie de derechos para las trabajadoras y recortar las prerrogativas de la patronal. Así, las licencias que se concedan para montar locales de alterne deberán tener en cuenta:
Permisos preferentes para los locales autogestionados y cooperativas de trabajadoras sexuales
No conceder licencias a los “trusts” ni a personas individuales que tengan antecedentes penales
No permitir que la patronal imponga el tipo de prácticas sexuales o las condiciones de trato con los clientes
La prostitución plantea un reto al feminismo: ser capaz de promover el orgullo entre las prostitutas y, a la vez, aspirar a una sociedad en la que las relaciones sexuales y sociales, en general, no estén mercantilizadas. Es un reto difícil, sin duda, pero también apasionante, pues solventarlo bien tiene repercusiones no sólo para las prostitutas sino también para la libertad sexual de todas las mujeres, independientemente del trabajo o la situación social que tengamos cada una de nosotras

abril, 2003 |Categories: Artículos de Hetaira|